“La catarata esta cerca de aquí, se puede ir en autobús
hasta casi la entrada de la parte alta. 7 dólares ida y vuelta hasta
Boischatel” Me lanza con suficiencia “la reciclada”.
Gracias, gracias. Otros pensamientos en mente, y me echo
a la avenida a la caza del preciado bus. Me equivoco o no es directo como decía
ella. Transbordo en un pueblillo/barrio donde nadie parece conocer más allá de
sus narices o, no están interesados en dar explicaciones. Finalmente una
estudiante me indica el bus 800. Luego sabría que son 12 kilómetros desde el
centro de la ciudad y que me dejaría directito cerca de mi casa.
Bajo. Un cartelito indica la entrada: CHUTES DE
MONTEMORENCY.
Un sendero se abre camino por entre los árboles y puesto
que más gente viene en mi dirección del otro lado del parque, tuerzo a la
izquierda hasta descubrir el PUENTE COLGANTE. Un cartel explica como hubo
instalado aquí un aserradero y luego una fábrica textil hasta bien entrado el
siglo XX.
Aquí también han instalado una “tirolina”de 300 m, doble
ella, a la entrada del puente que cruza la catarata. Retumban los aullidos en
las aguas.
De pie en el puente, cierro los ojos y aspiro la fuerza
de estos 83 m de energía desbocada (30 m mas de Niágara, insisten) e imagino el
asombro maravillado del “descubridor” CHAMPLAIN
allá por el siglo XVI, cuando todo esto eran selvas, ríos despeñándose
por los acantilados.
Atravieso el puente y desciendo hasta el segundo
belvedere (mirador) por unas escaleras resbaladizas en medio de una lluvia
incesante. La neblina envuelve las aguas perseguida por el ventarrón, que
furioso, le arranca jirones que descubren la espuma plateada.
Ya no me aventuro mas por este tinglado que han montado
para llegar al pie de la catarata, donde en invierno se forma un “pan de
azúcar” de hielo con las furiosas
salpicaduras.
¡Ay, Montemorency! En circo te convertirás con la
inversión privada masiva para “desarrollarte” que te han prometido. Como en Niágara,
claro, para no ser menos que los gringos.
Subo y esta vez alcanzo le Chemin Royale por el otro lado
del parque donde varias familias “picniquean” y los niños se persiguen
entusiasmados por entre los árboles.
Mi bus 800 me llevara hasta la plaza YOUVILLE escuchando
la letanía de un “looser” en medio de la indiferencia colectiva como si fuera
invisible.
Es hora de atravesar la Saint-Jean, despeñarme por las
escaleras Casse-Cou, atravesar el Petit Champlain y correr al transbordador que
está a punto de salir.
Es un viejo ferry recientemente maquillado, casi vacío a
esta hora francesa de comer. Subo a
cubierta. En medio de las aguas turbulentas del Saint-Laurence, la Ville de
Quebec se muestra encaramada en el Cap Diamant en todo su esplendor, Chateau
Frontenac en ristre.
Pointe LEVIS se
acerca, una explanada al pie de los acantilados donde las hojitas de las plantas
asoman tímidamente. Más escaleras de madera, calles empinadas bordeadas de
“cottages” de la época brittish, como
dicen.
Iglesia cerrada, casas hostiles. Nadie. Arrecia la lluvia
helada.
La casa museo DESJARDINS no abrirá hasta la tarde, dice
una señora que acude a mis timbrazos.
¿El centro? Mas cuestas y una larga calle desértica con
un par de comercios y un resto…el edificio Desjardins enciende mi esperanza: un centro informativo
de calidad sobre la CAISSE DESJARDINS desde sus orígenes.
Es esta CAJA un grupo financiero de naturaleza
cooperativa de Canadá , creado por ALPHONSE DESJARDINS allá por 1900 con el propósito
de DESTERRAR LA USURA, MEJORAR LAS CONDICIONES DE VIDA DE LAS CLASES POPULARES
Y CONTRIBUIR AL RENACIMIENTO ECONOMICO DE LOS CANADIENSES FRANCESES.
En 1970 decidió
extender sus servicios a países en vías de desarrollo, facilitando EL
EMPODERAMIENTO DE SUS POBLACIONES, EL ACCESO A UNA SERIE DE SERVICIOS
FINANCIEROS Y DESARROLLANDO ACTIVOS INDIVIDUALES Y COMUNITARIOS.
La Caisse Desjardins ha sido también pionera en el
sistema de MICROFINANZAS. Actualmente desarrolla proyectos en África, Haití,
Colombia, Sri Lanka y Vietnam y sus expertos analizan, valoran y aconsejan
numerosas “start-ups” que lo solicitan.
Ahora me toca buscar un chiringuito para comer en este
desierto y, andando, me topo con el café LE MOSAIQUE, que resulta ser una
empresa de economía social, de cocina equitable; un lugar de encuentro e
intercambio innovador, para desarrollar el espíritu crítico y de ayuda mutua;
navegar por Internet gratis y ver Expos de artistas de la zona.
Y me quedo sin respiración leyendo estos ambiciosos propósitos
formulados en 2009 y que han ido fortaleciéndose con la experiencia.
Me proponen varios menús de sopas, paninis, postre y café,
todo ecológico y producido a ser posible en la zona. 6 $, 8$, 10$ , cualquiera
de ellos es una delicia.
La cocinera-voluntaria me cuenta de sus años en Perú
trabajando en la sierra y pasamos un rato transportadas a ese mundo andino
misterioso.
Me cuenta que también tienen la Association Intercultural
La Mosaique que facilita la acogida e inserción de inmigrantes en
Abitibi-Temiscamingue y colabora con otras asociaciones, por ejemplo MOISSON
QUEBEC, para erradicar ese 5 % de pobreza que atenaza LE VIEUX-LEVIS.
”No todos pueden saciar su hambre en este rico país que
es Canadá” Concluye.
Se acerca la hora del último ferry y me echo cuesta
abajo, en volandas por las escaleras limacosas.
Un viento helado barre la cubierta de este mastodonte que
poco a poco se va acercando a puerto.
Antes de volver a casa, entrare en la boulangerie (panadería) PAILLARD, la de los techos en el paraíso
y me regalaré un chocolate bien caliente y un croissant de esos de leyenda, que
para eso fueron premiados por su excelencia en 2010.
Mañana será día de aborígenes, en la reserva WENDAKE, que
tanto me han alabado y recomendado como modelo de desarrollo. Por una vez les
escucharé.
FOTOS: Cortesía de GOOGLE








