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sábado, 19 de noviembre de 2016

LA RUTA MORTIFERA A BAHIA DRAKE (COSTA RICA)














“No para de llover y mas por allí por el sur, en la PENINSULA DE OSA. Tendría que llegar a PUERTO JIMENEZ o a GOLFITO y de allí a CARATE para entrar en el PARQUE NACIONAL CORCOVADO. Los ríos estarán desbordados, barro por todas partes y los animales en sus guaridas. Pagar 120$ USA/día a un guía (obligatorio ahora) no parece buena idea…Mejor llegar a BAHIA DRAKE y de allí, si escampa, entrar por SAN JOSECITO…”
Esa era la cantinela que venía escuchando desde San José. Haría caso. Solo que para llegar a SIERPE tenía que hacer varios transbordos a toda marcha si quería coger la ultima lancha que iba a BAHIA DRAKE. Me hice un regalito y contraté con INTERBUS SHUTLE por 35 $ USA y 3 horas hasta mi destino a pie de lancha.
Bosques de PALMA DE ACEITE bordean esta costanera sur que ha facilitado las comunicaciones en la zona. El chofer, un robusto uniformado y cadenudo, parece decepcionado al descubrir que esta vez el destino le ha jugado una mala pasada: nada de english people, generosos y dicharacheros. Así, se dedica a secretear con su asistenta de vuelo y no responde más que con monosílabos extraídos con sacacorchos. Esta vez la información me llegara por otros medios.
Puntual, me vomita en el restaurante paradero taquilla de Sierpe, demasiado pronto para mi lancha que había concertado con Pedro, diré, el dueño del CORCOVADO LODGE donde me hospedaría por aquello del buen precio y la vista a la bahía. ¡Aquí todo se paga a precio de oro! Hay un tráfico de camareras, guías, lancheros, negros, algunos turistas que van llegando en taxi desde Palmar cargados de muerte.
Un joven negro, piernas de acero y pelo rubio ensortijado transporta con parsimonia bombonas de gas al restaurante, parándose para mejor captar los detalles de una familia de franceses resabidos. La que parece la manager, la jefa del cotarro, una mujer joven mestiza de escote vertiginoso, BOCA REIDORA Y OJOS DE AGUILA, le hace arrumacos al que resultaría el capitán de mi lancha, un experto marino y seductor Don Juan, parece.
Pero es que aquí todos se conocen…
A la hora dada un revuelo impresionante. Lanchas, lanchones, gente local intentando acomodarse y los capitanes y sus acólitos dando órdenes y repartiéndose la turbamulta. Parece que me toca una lancha pequeña, dizque más rápida y que podrá pasar por el MANGLAR, joya de la región. ¡Afortunada me siento!
Como es de rigor por estos pagos nada de chalecos salvavidas, solo la DIVINA PROVIDENCIA, EL JESUSITO BUENO Y LA MADRECITA para protegernos. El rio SIERPE es amazónico, color arcilla dorada, apacible hoy por milagro, con sus jacintos en flor, arrastrando troncos medio podridos deseosos de ver el mar antes de morir del todo.
Entramos por uno de los CANALES MAREALES. MANGLES BLANCOS, MANGLES NEGROS, MANGLES ROJOS, dice nuestro capitán. Unas raíces como arañas gigantescas se alzan a los dos lados del brazo del río que desemboca en el mar, exhausto en un arenal… es el MANGLAR TÉRRABA-SIERPE, el más extenso del país, HUMEDAL RAMSAR desde 1995 ¡Ay si tuviera ahora unas cuantas hojitas de MANGLE ROJO, para mascarlas! Con lo que me duelen hoy las muelas. Este árbol amigo tiene muchas propiedades curativas.
Lejos estaba yo de imaginar la que nos vendría encima. Salimos a una especie de estero, el PACIFICO rugiendo, azotando los islotes para después venir a estrellarse contra la escollera.
¿Y ahora? Yo no veo ningún pueblo en la lejanía, a nuestra izquierda; ni playas, ni puerto…el mar, solo el océano omnipotente, el dueño de nuestras vidas, hoy… Le digo desesperada a nuestro capitán que no se inmuta y pretende que todo está bajo control, que no es nada peligroso, que es el pan de cada día.




Pan tuyo será, me digo encomendándome a todos los dioses. “Tenemos que coger la ola atrás y escapar antes que vuelva con más fuerza y nos aplaste contra el acantilado”
Salimos. Motor rugiendo en medio del fragor de las olas asesinas. No consigue pasar y volvemos cabalgando en la espuma, ellos riendo y yo aterrorizada clavada al banco sin respirar siquiera. Normal, normal, el capitán se dispone al segundo ataque, pero el Pacifico es más fuerte y tiene que claudicar. Lo intenta dos veces más, ya sin risas ni bromitas, calculando sus fuerzas al milímetro, empapados hasta los huesos y yo con la certeza de expirar mi último aliento en estas aguas aguerridas.
Un acelerón mortal descoyunta la lancha, nos encarama en la cresta de la ola pasando a milímetros del islote que guarda la bahía y se abre a nuestros ojos (los míos) que parecen estar soñando tras el espanto la bahía más perfecta que imaginarse pueda: ¡DRAKE!
El sol ha vencido a las nubes y se refleja soberano en las hojas de los almendros recién bañadas por la lluvia enemiga. Una o dos barcas varadas en la playa, perros, cocoteros, dos hombres esperando la lancha, el nuestro, Ricardo, diré, que me ayuda a desembarcar en la playa y a subir la cuesta hasta su casa. Allí me quedaría tres días con su familia.
Pie en tierra, juré que no volvería por la escollera.    
  
FOTOS: Cortesía de GOOGLE